




No sé si es porque hacía muchos años que no pisaba una iglesia o por qué, pero este domingo fui a una misa por un motivo familiar y me resultó diferente.
Al entrar, un lleno completo, la gente con sillas plegables incluso, se agolpaba ante el altar. Allí, un cura que tenía que haberse jubilado ya, decide quedarse en la Parroquia para hablar de ciclismo y de fútbol. Y comienza el espectáculo.
Al sentarse, los pliegos con las lecturas en Comic Sans… ¡horror! Pero eso no es lo mejor, el folleto en cuestión termina con unas viñetas religiosas. Ante mi asombro, me aclaran: “Es el chiste de la semana”.
Nada de “En la arena he dejado mi barca”. Todas las canciones son nuevas, hay una cantera de pequeños cantautores al frente que han introducido nuevos ritmos y rimas con Jesús.
Al darse la Paz, todos juntan sus manos, como formando un corro gigantesco que une todos los bancos y todas las sillas.
Y entonces el cura se queda sin Hostias en el cuenco dorado: no pasa nada, se gira y abre la combinación de la caja fuerte delante de todos los asistentes.
Al final, una nueva fila que no es para comulgar: si eres menor de diez años y te has portado correctamente, el parroquiano te obsequia con un chicle.
El cura de 80 años se pone las gafas de sol: “¿En qué bar tomamos hoy las cañas?”.



"Me dediqué a la fotografía porque se me antojó como el vehículo perfecto para ilustrar la locura del mundo actual". Robert MapplethorpeUn fama descubrió que la virtud era un microbio redondo y lleno de patas. Instantáneamente dio a beber una gran cucharada de virtud a su suegra. El resultado fue horrible: Esta señora renunció a sus comentarios mordaces, fundó un club para la protección de alpinistas extraviados y en menos de dos meses se condujo de manera tan ejemplar que los defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a primer plano con gran sobresalto y estupefacción del fama. No le quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a su mujer, la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero, insignificante, y en un todo diferente de los arquetipos morales que flotaban rutilando ante sus ojos. El fama lo pensó largamente, y al final se tomó un frasco de virtud. Pero lo mismo sigue viviendo solo y triste. Cuando se cruza en la calle con su suegra o su mujer, ambos se saludan respetuosamente y desde lejos. No se atreven ni siquiera a hablarse, tanta es su respectiva perfección y el miedo que tienen de contaminarse. Julio Cortázar Historias de Cronopios y de Famas |